Repentinamente me encuentro solo. Busco a mí alrededor y todo se desvanece, se disipa y se vuelve oscuro. La agonía de mi sustento quiebra mi felicidad. No pienso, solo me entrego a la más desdichada suerte de los locos. Busco desesperadamente el tronco en el agua. Las olas se consumen en mi fuerza y me siento débil, asfixiado por la necesidad de existir. Presión. Sueños que me despiertan y pesadillas que me sumergen en lo más recóndito de la soledad. De repente todo se ilumina. Blanco. No puedo ver. Solo un instante. Vuelve. ¿Quien? Nadie, solo los enfermos recuerdos que emergen arrancándome la piel. Dolor. Gritos. Nadie escucha, nada.
Empiezo a ceder ante el inevitable tormento que sucumbe en el fondo del gélido palpitar. Ojos que miran. No ven, solo miran y se alejan en el espacio. No ven. Yo tampoco. Nos separan una infinidad de paredes que tienden a extenderse cada vez más. Acidas, ardientes, que no se atreven a destruir. Ceguera. Intento asirme a la más remota sensación de perdón. Ese perdón que redime las calamidades cometidas. No lo encuentro. Ningún afecto renace en mi quebrada alma para saciar la sed. La infinita majestuosidad del amor no encuentra en mi razón la última gota de renaciente esperanza que domina mi último aliento y se agota en mí la posibilidad de un cambio. Mis sentidos dejan de responder. Me caigo. Solo puedo reconocer el frió aliento de mis músculos que por inercia hacen de la oscuridad un inmenso vació. Vuelven los ojos que no ven. La confortable sensación de que están allí. Se cierran y evaden la realidad, vuelan lejos. No vienen. No tengo control. Me hundo en el más profundo nivel de desesperación y me alejo. La mutilada confianza se regenera en mí. Para nada. Solo un tiempo que miente. Caigo. Resisto. No. Solo la penosa situación de mi mente logra destrabar la inmutable reacción de mi último rincón de serenidad. Vuelvo a ser yo. Sigo. ¿Para que? No sé. Algún día lo sabré.
Mientras, las noches se pierden en un sueño de angustia y desesperación que me invaden y en el fondo de mi alma sé que estoy condenado a navegar este camino de pesadillas y temores solo. Espero que alguna vez concluyan y dejen de destruirme y condenarme a poner una muralla ante mí.
2 comentarios
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Te estás comunicando, ya no estás solo.
Solamente siente dolor quien está vivo, pues vive y sigue derrumbando la muralla porque sin darte cuenta ya has empezado a voltearla.
Salu2
Hombre, escribes muy bien!!!